martes 9 de febrero de 2010

Regálame

Perdona la insistencia en evitar que te diluyas en el olvido. No te desvanezcas antes de dejar en mi puerta algunos regalos. Evitaré ante todo que te conviertas en historia hueca. Llena, desde la distancia, el vacío que encontraste y que ayudaste a agrandar.

Regálame otras cartas, unas nuevas, para poder leerte. Embotella un poco de tu saña para congelarla y beberla de tanto en tanto.

Regálame cenizas para detener el brote y danzar sobre mis huesos secos. Dame tu ternura afable para acunarme en ella. Escribe cuentos con mi nombre para conciliar el sueño. Plastifica susurros con aquellas frases dulces y engáñame de nuevo. Vive en tus palabras hoy, mañana, eternamente.

Redacta un diccionario para conocer el significado de cada verbo y adjetivo. Dame tu templanza y tu distancia. Dame tu ironía, tu comedia.

Envíame postales desde donde estás cuando te fuiste. Ponle un paisaje a tu enajenación y retrátalo. No olvides colocar tu dedicatoria al dorso. Dame señas para saber que estás en ninguna parte y buscarte en esa dirección.

Envíame postales, sí, como quien deja "manzanas" a manera de pistas. Juguemos al escondite.

Espérame allí, no abras los ojos, cuenta en sentido decreciente, 3, 2, 1...abre los ojos. No fui a buscarte, así como me pediste.

Engulle ahora tus frutos antes de que lo hagan los gusanos.

Regálame lo que te pido, no necesitaré más. Y entonces, ya regalada, desdibújate muy lejos para ya nunca darte las gracias.

viernes 8 de febrero de 2008

Cantata del Café

Con motivo del nombre de este blog, quiero compartir con ustedes el hermoso regalo que me dejó Moraima Guanipa, una querida visitante del Café 46. Se trata de la "Cantata del Café", compuesta por Juan Sebastián Bach en 1732.

domingo 3 de febrero de 2008

Maternidad

Se conectó al messenger para decirme que tenía que contarme algo. Me pidió, de entrada, que no la juzgara, que tratara de entenderla. "No creo que seas tan tarada como para haber vuelto con él, ¿o si?", le dije.

-- No prima, ojalá fuera eso-- contestó.

-- Ah, pues entonces nada es peor, cuéntame.

-- Tengo 2 meses de embarazo, y el bebé es de él...

Silencio textual en la ventana, manos inmóviles frente al teclado. A sus 22 años, mi prima estaba esperando un bebé.
-- ¿Qué vas a hacer?, ¿le dijiste?
-- Voy a tenerlo, ya le dije y se alegró. No quiero regresar con él, pero tampoco me voy a quedar en la casa para restregarle la barriga a mis papás todos los días, mi papá se va a morir cuando se entere, qué decepción tan grande.

--Tampoco creo que debas regresar con él, no después de lo que te hizo.

--Prima, tengo que ir a una reuniòn, tenemos que vernos, necesito hablar con alguien, bye.

-- Bye...

De vuelta a casa, aproveché la eterna cola de El Paraíso para pensar qué debía decirle a mi prima cuando la viera, ¿qué debía aconsejarle?, ¿cómo podría decirselo a sus padres?, ¿qué haría yo en su lugar?, ¿lo tendría?

Hice un ejercicio de memoria. Cuando mi mamá supo que estaba embarazada de mì, tenìa 22 años y soltera, viniendo de una familia humilde compuesta por 7 hermanos, estudiaba y trabajaba para poder hacerse de una profesión. Frente a la noticia se casó con mi papá, siguió trabajando y se las arregló como pudo para ser trabajadora, mamá, estudiante y esposa. Cuando mamá me decía que me tuvo a los 22 años yo lo veía con inmensa naturalidad, era una adulta mayor de edad e independiente. Por un momento pensé igual sobre la situación de mi prima.


Al llegar a casa, por una extraña casualidad, de un libro cayó una foto en la que aparecemos mi prima y yo, aún bebés, en brazos de mis tías comiendo helado de una misma barquilla. Qué cercana resultaba para mí aquella foto, qué distante resultaría para mi prima... Allí me di cuenta de que 22 años no son suficientes, que yo no lo tendría, que aún somos niñas, que restan muchas cosas que hacer sin compañía infantil, que yo, en su lugar, cerraría los ojos en medio de la autopista para llevarme la noticia de mi maternidad. ¿Debía recomendarle un plan suicida?, decidí guardar silencio.


Tres semanas después de enterarme de la noticia, pudimos vernos. Sus ojos llevaban las marcas de noches eternas de llanto e insomnio. Me abrazó con alivio, con la alegría de saber que alguien la escucharía. Me dijo que lo tendría, que se iría de casa, que trabajaría, que olvidaría la infidelidad de él y se casaría para garantizar que respondería por su hijo, que continuaría la carrera, que se graduaría. Lo tenía todo tan bien armado, tan decidido. Traté de disuadirla de la idea de matrimonio, pero pronto me di cuenta de que nada de lo que dijera sería tomado en cuenta, yo estaba hablando desde la cómoda posición de mi vientre vacío, no podía comprenderla.


Cuando tuvo 4 meses le dijo a sus padres que tendrían un nieto varón. La entendieron, no le hicieron las maletas ni la echaron de casa, a fin de cuentas ella había sido concebida de forma similar. Decidió insistir con la idea del matrimonio, pero a los 7 meses él se echó para atrás, no apareció en el registro civil para fijar carteles.


Ahora tiene la certeza de que será madre soltera. Me cuenta que Diego Alfonzo, como se llamará, tiene infinidad de medias y ropa minúscula, que no le compre nada azul porque ella prefiere el verde, es más original, que el embarazo le ha dado mucha acidez y cambios de humor, que yo seré la madrina, que piensa que es mejor estar sola.


Jamás pensé que mi prima me daría una lección de coraje y responsabilidad. Me quito el sombrero frente a su valentía, frente a su humanidad. No deja de asombrarme la alegría con la que describe los cambios que le ha generado el embarazo, la ansiedad que siente por la llegada al mundo del bebé. Ver lo que ha pasado me ha hecho valorar lo extraordinario que se oculta en la ordinaria historia de mi madre; ambas son ejemplos a seguir de mujeres que asumen la responsabilidad de sus actos y enfrentan las consecuencias con una sonrisa en el rostro. Ambas aplacaron las ganas de salir corriendo y abrazaron su maternidad.


Hace poco nos vimos y la reconocí entre la gente por el vientre inmenso que dibuja su perfil. Está hermosa, como siempre; entrenándose con su hermanito menor que pone cara de celos cuando señala la barriga de "Yayi" para decir que tiene un bebé allí dentro.


Ahora me doy cuenta de que está lista, de que un plan suicida no era ni es una opción posible. Estoy segura de que, igual que la mía, ella será una excelente madre para Diego.

La "gente con plata"

"Para la gente con plata, como ustedes, no sé que restaurant recomendar". Así respondió el taxista que nos llevaba a René y a mí al Museo de Arte Moderno Jesús Soto, en Ciudad Bolívar, el domingo de carnaval, cuando le pedimos sugerencias para almorzar.
A pesar de que en aquel momento no supe como responder frente al comentario, una vez en el museo empecé a preguntarme de dónde había obtenido el taxista una impresión tan errada de nuestra situación económica. Nosotros, un par de estudiantes con 100 Bs fuertes en el bolsillo, ataviados con jeans y franelitas de algodón ¿"gente con plata"?, no encontré respuesta.
A medida de que fue pasando la tarde, creo haberme aproximado a una explicación. El Museo estaba desierto, tres señoras aparte de nosotros, eran las únicas visitantes. La sala 7, donde se encuentran las obras mecánicas de Soto, estaba cerrada por mantenimiento. Lo mismo ocurrió con la 3 y la 4. No contamos con guía y los únicos folletos que ofrecía el museo, estaban en inglés. Antes de irnos, curioseamos la librería y René, deseoso de comprar un ejemplar sobre las obras de este artista, tuvo que marcharse con las manos vacías pues nadie supo decirle cuánto costaba.
Concluída la visita, tomamos un taxi rumbo al casco histórico de la ciudad; las casonas estaban cerradas, todos estaban en la Plaza Miranda esperando la elección de la Reina del Carnaval.
En vista de nuestra mala suerte para conocer los atractivos históricos de otrora "Santo Tomé de Guayana de Angostura del Orinoco", decidimos regresar antes de lo previsto a Pto. Ordaz. Al llegar al terminal, una fila infinita de pasajeros con nuestro mismo destino antecedía la entrada a las unidades. "Bienvenidos a la antesala del concierto de Wisin y Yandel", dijo la última señora de la cola a modo de recibimiento.
"Chamo, yo me iba a ir más temprano, pero igual, vamos a ver a Wisin y Yandel", dijo un muchacho mientras se movía emulando un baile de reggeaton. Fue exactamente en ese momento cuando até los cabos que el taxista había dejado sueltos.
Nosotros, los que fuimos a vistar un museo desierto, somos "gente con plata". Nosotros que no estábamos haciendo la cola para ir al concierto de Wisin y Yandel como todos los demás. Nosotros que vamos a un sitio donde únicamente hay folletos informativos en inglés pues sólo esperan "gringos" o, en su defecto, extranjeros lo suficientemente instruídos como para dominar el idioma. Nosotros que quisimos comprar un libro de arte cuando nadie lo hace desde hace tanto tiempo que las listas de precios se han traspapelado somos los desadaptados, los distintos, los otros.
Las elecciones que hice para mi itinerario carnestolendo me ubicaron en una suerte de élite, como si la cultura estuviera destinada, de cajón, a una cúpula adinerada. En un estado como Bolívar, donde nací, nos sobran poetas, escritores, artistas plásticos; qué lastima que su legado sea visto así, desde lejos, como una obra elitista, para los otros: qué lástima que a la hora de elegir, el reggeatón la gane a la cultura. Creo que el museo seguirá desierto por un muy buen tiempo, el mismo buen tiempo que nos falta a René y a mí para ser gente con plata.

sábado 2 de febrero de 2008

Yo quiero ser como Ariel... yo quiero ser como él

Hace poco estuve leyendo algunos capítulos del libro "Ensayo general sobre la comunicación", del sociólogo José Luis Piñuel Raigada y me llamó particularmente la atención el análisis que realiza de las experiecias vicarias provistas por los medios de comunicación masivos.
Para Piñuel, los medios de comunicación tienen la capacidad de crear escenarios, vinculados al espacio público, que nos hacen aprehensible y decodificable el orden y los estatutos referidos a esta parcela espacial de la vida.

De forma tal, los escenarios mediáticos se convierten en brújulas a seguir para discernir entre lo apropiado y lo inapropiado, lo correcto y lo incorrecto, dotándonos de ciertas directrices para discurrir en un espacio imprevisible, cambiante y demandante de adaptación. No obstante, no sólo el espacio público funge como escenario de lo mediático, la representación en el escenario privado forma también parte del compilado de esquemas comunicativos a los que tenemos acceso a través de los medios. Cito a Piñuel cuando argumenta que en las sociedades modernas los Medios de Comunicación de Masas (MCM) cumplen el cometido de “representar las representaciones comunicativas que unos personajes asumen en el interior de unos escenarios (los lugares escénicos), que a su vez representan otros escenarios del espacio privado o del espacio público donde ellos actúan incorporando autoridades personales y sociales”.

Ahora bien, como medios de comunicación masivos, las escenificaciones mostradas se mueven dentro del terreno de lo convencionalmente aceptado, lo que los convierte en replicadores y reforzadores de los patrones socialmente establecidos. Los profesionales de la puesta en escena se encargan entonces de “dialogar” con su público a través de códigos, situaciones y contextualizaciones dominadas por ambos. Es así como las representaciones de lo privado pertenecen siempre también al espacio de lo público o, por decirlo de otra forma, al dominio público.

La orientación provista por los medios masivos los sitúa en un puesto privilegiado como productores de estímulos informativos para comprender las prácticas sociales. Sin embargo, no podemos disociar la difusión de información de la fuente que la transmite, lo que nos lleva nuevamente a la figura de los profesionales de la puesta en escena. Es entonces el carisma de estos personajes lo que garantiza y explica el interés del público en conocer el acontecer que en los escenarios mediáticos se representa.

Frente a esto, vale hacer una acotación: el interés de las audiencias por seguir los avatares de los personajes mediáticos responde, en gran medida, al grado de consonancia entre el escenario real administrado por el receptor, y el escenario escenificado en el que se mueve el personaje, por ejemplo, una persona cuya cotidianidad transcurre en la intimidad de su casa, grupo familiar y vecinos preferirá los avatares de personajes reales y ficticios que se debaten en los espacios íntimos o privados.

Lo expuesto por el autor pone en evidencia una cierta capacidad reflectiva, identificativa y aspiracional provista por los medios de comunicación. De algún modo, las audiencias establecen relaciones emotivas con las representaciones mediáticas en tanto estas últimas muestran el espectro de lo conocido, lo similar, lo anhelado, lo querido.

El escenario mediático se vuelve entonces escenario de lo posible mediante la experiencia vicaria que la audiencia puede desarrollar en él. Por tanto, “la política de los medios es ofertar discursos y programas (unos dedicados a los avatares de personajes en escenarios privados, otros dedicados a los avatares de personajes en escenarios públicos) capaces de crear su propia demanda. Y por esta vía, héroes y villanos en los relatos de la actualidad y en los relatos de ficción terminan por constituirse en los PARADIGMAS o MODELOS de la identidad más apetecible en cada momento”, asegura Piñuel.

A pesar del carácter eminentemente conductista referido al desarrollo de identidades a través de la observación, esta tesis cobra mayor credibilidad frente a situaciones como la dilatación de la juventud (realidad bastante cercana para el venezolano) que termina por minimizar y disminuir el abanico de posibles interacciones entre el individuo adulto (autónomo, independiente) y el entorno público; privilegiando con esto la representación mediática del entorno público como escenario de interacciones vicarias para la construcción de la identidad propia.

La formación de esta identidad (vinculada a las experiencias de personajes corporalmente distantes) se transforma en las primeras experiencias de independencia y de control de lo propio en medio de un ambiente ajeno al control de un adulto inacabado. Lo dramático de la situación surge cuando las representaciones mediáticas construyen ideales inalcanzables impuestos como “deberes ser” o, lo que yo llamaría “deseables ser”. La lucha por alcanzar ese ideal genera una batalla de fortalezas en la misma intimidad del individuo y lo condena, en muchos casos como el de los desórdenes alimenticios, a la manipulación perpetua de lo aparente en detrimento de lo que su corporalidad realmente le permite ser.

Valdría entonces que los medios de comunicación y sus hacedores revisen los estereotipos que transmiten de forma que puedan transmitir realidades más reales que no impliquen una dicotomía dramática entre las audiencias y los personajes con las que éstas establecen consonancia.

El "Comunicador Proyecto"

El estudio de lo humano en su sentido integral, remite al análisis de dos acepciones, la del hombre como animal biológico y la del hombre como animal racional. Es en este último apartado donde cobra sentido el estudio de las gestiones comunicativas como producto de las relaciones del hombre con el sistema artificial que ha creado, un sistema cargado de signos que le otorgan significado a las ciudades que éste diseñó y construyó para asentarse.

Las ciudades surgen como centros en donde se gesta la vida ordinaria y en donde se ofrece además la posibilidad de trascendencia en aras de alcanzar lo sublime, lo extraordinario.

El deseo y la capacidad de alcanzar lo extraordinario nos remite pues a un “hombre proyecto”, es decir el que utiliza su existencia inexorable como medio para proyectar, cambiar y gestar un nuevo modo de vida en comunidad.

Para comprender y estructurar las potencialidades que puede tener la gestión del “hombre proyecto” cabe clasificar sus áreas de acción guiados por las tres dimensiones básicas que, como seres humanos, poseemos, a saber: sentimos, actuamos y pensamos, o, lo que es lo mismo, tenemos corazón, mente y manos, en términos del filósofo Juan David García Bacca.

Estas tres capacidades derivan en tres dimensiones dramatúrgicas de los sensible: lo sensorial, lo sentimental y el sentido. Dimensiones que adquieren diferentes formas al cruzarse con los tres estadios principales de la vida ordinaria en comunidad (como soporte de la vida extraordinaria), es decir; lo personal, lo grupal y lo colectivo.

Las relaciones producto de la yuxtaposición de lo sensible y el espacio de acción de la vida ordinaria se convierten en generadoras de imaginarios, sentimientos, valores, placeres, displaceres, juicios de valoración estética, trascendencia o fracaso, señales y formas, signos, discursos y mediaciones, símbolos, juegos y apuestas. En resumen, el conjunto de elementos que le aportan significado y complejidad a la vida convirtiéndola en una posibilidad de hacer, más allá de la determinación del ser por el mero hecho de estar, biológicamente, ocupando un lugar en el planeta.

Como comunicadores sociales, es decir, especialistas de la “puesta en común”, llevamos a cuestas la responsabilidad o, mejor dicho, la oportunidad, de gestar cambios a partir del conocimiento de las dinámicas colectivas. El comunicador debería ser pues, un diseñador, entendiendo la palabra desde su acepción creativa, interventiva, generativa e innovadora. En otras palabras, el deber ser del comunicador se acerca al “hombre proyecto”, sensible de su entorno, comprometido y visionario para con él.

Esta capacidad de hacer se relaciona directamente con la idea de “Interfaz comunicativa” al entenderla, en palabras del profesor Atilio Romero, como “la comunicación como construcción sistémica y viabilizadora de la gestión política humana en función de los procesos direccionales de gobernabilidad”.

La comunicación producto del análisis de sus dimensiones posibles se vuelve un elemento de poder, de gestión, un mecanismo de gobernabilidad, de creación de redes, de intervención, de cambio. Ahora bien, al hablar de ciudad debemos aproximarnos a sus tres facetas constitutivas, la ciudad como ciudad mediática, la ciudad como ciudad de ciudadanos y la ciudad como naturaleza soporte para la ciudad y sus ciudadanos.

La intersección comunicativa de la ciudad nos ofrece entonces la posibilidad de crear textos y discursos sobre ella, generar iniciativas y apuestas simbólicas para comunicar, así como establecer compromisos comunicativos en su seno.

Lo anteriormente dicho nos obliga a reformular nuestra propia adjudicación de sentido a los procesos de comunicación para entender que, más allá de los medios como instituciones, es necesario insertar el proceso y mirarlo más que DESDE la perspectiva humana, EN lo humano, es decir en su mundo comunitario. De esta forma, dimensiones vinculadas a lo irracional se convierten en elementos sensibles de analizar, comprender, intervenir y modificar como parte del compromiso y la nueva aventura que un “comunicador proyecto”, en tanto hombre de comunidad, debe emprender.

El periodismo fuera de la caverna

En el mito de la caverna, narra Platón la existencia de unos hombres cautivos desde su nacimiento en una cueva oscura. Prisioneros de las sombras en las que viven sumergidos, atados de piernas y cuello, se encuentran imposibilitados para mirar hacia atrás.
Entre el fuego y los encadenados se ha construido un muro por el que, un día, pasan unos hombres cargando todo tipo de figuras que le sobrepasan, unas con forma humana y otras con forma de animal. Los cautivos, inmovilizados, no han logrado ver más que las sombras proyectadas por el fuego, llegando a creer, por falta de conocimiento del mundo, que aquello que ven, en lugar de sombras, es la misma realidad.

Extrapolando el mito de Platón a la condición humana actual, específicamente la del periodista en su rol de intérprete de la realidad, llama poderosamente la atención la relevancia de cultivar el intelecto, pensar fuera de la caverna, alcanzar la luz, trabajar para alcanzar el conocimiento cercano y certero de las cosas para evitar convertirse en un simple creador de sombras.
Como mediadores entre la realidad y los receptores (públicos), es labor de los periodistas ofrecer algo que trascienda la apariencia de verdad y sea, sin caer en pretensiones objetivistas, lo más fidedigno posible a la realidad. Ya decía Platón que para acercarse a la verdad, el discurso no era el más efectivo de los métodos, se hacía necesario recurrir a la cosa misma, es entonces labor de un buen periodista interpelar los hechos, la realidad ante él presentada, no conformarse con meras declaraciones e investigar.

El intelecto se vuelve la llave maestra en una profesión que, al menos en nuestro país, se ha relegado a un oficio meramente operativo con rentabilidad diaria. La premura de la noticia, las inclinaciones y prejuicios propios, la competitividad en el mercado, se vuelven filtros mentales que van desvirtuando el ejercicio periodístico.

El periodista debe alcanza la luz para discernir lo real de lo aparente y más aún, debe proporcionar las herramientas para el colectivo que decodifique la realidad. Particularmente, creo que el periodista tiene como compromiso social fomentar el conocimiento de las masas, hacerlas mirar hacia atrás y hacia adelante para comprender el presente en su dimensión histórica, facilitarle la tarea de aprehender y comprender la vasta realidad. He allí el principal drama de los que elegimos esta carrera como plan de vida a futuro, nunca se sabe lo suficiente. La especialización puede ser una buena alternativa para hacerle cara a un mundo cuyo veloz ritmo de información nos vuelve, cada minuto, menos cultos.

Allí tenemos un gran desafío, salir del reducto personal y emprender el largo y permanente proceso de cultivar el conocimiento más allá de los prejuicios y las pasiones personales.